Dolor. Una explicación poco racional. Tal vez era solo un delirio. Sensibilidad sin sentido. Luego nada.
Era la incompatibilidad más aberrante junto al amor más profundo lo que me estaba destrozando, destrozando desde adentro, sumiendo mis entrañas en la amargura y que como una enfermedad parasitaria infectaba mi ser, sin destrozar nada al exterior, dejando una fachada impecable, una cascara vacía de sentimientos.
En el momento, o tal vez un poco antes, de que todo se durmiera en mi interior, un pequeño suspiro logró salir del más profundo fondo, como un grito ahogado, desesperado, por ayuda, pero no encontró alma que lo recibiera, no encontró auxilio.
El mundo era frío esa noche, las sabanas ásperas, el peso de la existencia caía sobre mis débiles vertebras al mismo tiempo que un abismo se abría bajo mis píes ¿Qué caso tenía todo aquello?
La respuesta no logró encontrarme, la verdad me hundió más entre el magma caliente de la tierra, ya llegando al núcleo de esta, toda luz desapareció de mi vida.
A los instantes siguientes volvía a ver luz, mis ojos rojos de tanto llorar y con las lágrimas aun desbordándolos desfiguraban todas las imágenes que esta radiante luminosidad me entregaba, la tormenta había pasado y sonreía de nuevo, le sonreía a él, después del dolor, después de ahogarme en las entrañas del mismo infierno y él también sonreía, como si nada pasara, como si nada hubiese sido real. Entonces recordaba que el amor le ganaba otra vez al dolor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario