Por fin aquella
noche la había hecho mía, su cuerpo pálido como el papel yacía sobre las
sabanas rojas, su vientre hacia abajo, oía su lenta respiración y el pálpito de
su corazón rompía el tranquilo silencio. Su cara se escondía entre sus brazos,
su pelo castaño despeinado completamente, sus ojos verdes cerrados, estaba
durmiendo, junto a mí, ella estaba durmiendo.
La curva de su
espalda llamaba el tacto de mis dedos, pero tenía miedo, tenía miedo, TENÍA
MIEDO. Su pequeño cuerpo se veía frágil, como una figurita de porcelana que
podría resbalarse de mis dedos, y yo no quería eso, pero deseaba demasiado
hacerlo, solo quería tocarla, SOLO QUERÍA TOCARLA.
No lo resistí, y con
el mayor de los cuidados posé la yema de mis dedos sobre su espala, ¡pero que
piel más suave!, entre el deleite de la blanca suavidad de su piel acaricié
desde lo más alto a lo más bajo de su tronco, ella dormía, y yo solo quería
tocarla.
Un sentimiento imposible
de explicar, mi corazón se inundaba de felicidad ante aquel contacto, toqué su
espalda, toqué sus brazos, toqué su pelo, toqué su cintura, toqué sus caderas.
Ella dormía, tras
haber sido mía, yo la deseaba, yo solo quería tocarla.
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