miércoles, 3 de julio de 2013

Ella para él

Por fin aquella noche la había hecho mía, su cuerpo pálido como el papel yacía sobre las sabanas rojas, su vientre hacia abajo, oía su lenta respiración y el pálpito de su corazón rompía el tranquilo silencio. Su cara se escondía entre sus brazos, su pelo castaño despeinado completamente, sus ojos verdes cerrados, estaba durmiendo, junto a mí, ella estaba durmiendo.

La curva de su espalda llamaba el tacto de mis dedos, pero tenía miedo, tenía miedo, TENÍA MIEDO. Su pequeño cuerpo se veía frágil, como una figurita de porcelana que podría resbalarse de mis dedos, y yo no quería eso, pero deseaba demasiado hacerlo, solo quería tocarla, SOLO QUERÍA TOCARLA.

No lo resistí, y con el mayor de los cuidados posé la yema de mis dedos sobre su espala, ¡pero que piel más suave!, entre el deleite de la blanca suavidad de su piel acaricié desde lo más alto a lo más bajo de su tronco, ella dormía, y yo solo quería tocarla.

Un sentimiento imposible de explicar, mi corazón se inundaba de felicidad ante aquel contacto, toqué su espalda, toqué sus brazos, toqué su pelo, toqué su cintura, toqué sus caderas.


Ella dormía, tras haber sido mía, yo la deseaba, yo solo quería tocarla.

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