miércoles, 25 de junio de 2014

Otra muerte

En la pasividad de su mirada, yo dejé de respirar, su figura empezó a tornarse borrosa, los bordes de mi visión se volvieron oscuros y el rojo invadió mi mente, sus manos y mi piel.

- Todo estará bien - Dije mientras mi corazón se iba callando.

- No hables, por favor, guarda tus fuerzas - Sus ojos se llenaron de lágrimas y estas empezaron a caer, una tras otra, sin parar. Quise detenerlas, pero mis manos no tenían fuera para, siquiera, mover mis dedos.

Sentí que aquello era un recuerdo, que no estaba ahí y cuando vi su cara gritando "¡No!", no entendía el porqué, como si fuera un sueño, todo era tranquilo, casi ni escuchaba las ambulancias, las bocinas, el mismo tráfico, los gritos horrorizados de las personas, todo estaba lejos.

Lo último que vi antes de cerrar mis ojos fue su cara crispada, sus ojos llorando y su boca en una mueca de dolor. Lo último que escuché antes de sumirme en la inexistencia fue su "¡No!" con la voz quebrada. Y lo último que sentí fue su mano muy cálida en mi mejilla tan fría. Luego mis sentidos se apagaron, mi lengua dejo de sentir el sabor metálico de la sangre y mi nariz ya no olía el humo del caucho quemado. Se apagó mi cerebro, mi mente y todo fue negro.

Lo último que pensé fue "Vaya, así se siente la muerte".

domingo, 22 de junio de 2014

Pequeños once otoños

Entre innumerables que son los recuerdos del ser humano, no hay alguno más desolador que la historia a continuación, pues once otoños son poco para malograr de tal forma la inocencia de infantes como los de nuestra especie, especie que, por cierto, es la única que tiene en su conocimiento el hecho futuro de su muerte, pero somos los que más nos cuesta aceptarla.

A sus once años, su pequeña mente aún no era capaz de distinguir entre lo bueno y lo malo. Por esto se dedicaba a robar bolsillos en la plaza para comprar dulces que eran la base de su dieta, la desnutrición la tenía en los huesos y las cicatrices, causadas por victimas que descubrían sus malas intenciones, más que pequeñas supuraciones, parecían grandes surcos morados donde se le notaba el frío en las crudas mañanas de la capital.
La desolación de sus días y el insomnio de sus noches terminaron por robarle la razón y lanzarla a un mundo cruel como el mismo que la dejo sola, huérfana en la calle. Su casa, si se le puede decir así al nicho de ratas en el cual se escondía en la noche, no contaba con ningún tipo de comodidad más que el que pueden ofrecer las envolturas de su basura apiladas en un rincón, con una apariencia de cama, de hogar, o de familia acogedora para soportar la tortura de la clásica queja de personas del tercer mundo, que creemos que lo tenemos todo, pero somos más pobres que cualquier otra especie en el universo.

miércoles, 4 de junio de 2014

Un grito desesperado

Y en un grito desesperado fue que lo dijo todo, que la amaba, que no podía estar sin ella, que era la causa de su felicidad y de todo lo bueno. Y ella le dijo “genial”, se dio la vuelta y partió. Un corazón hecho trisas por la indiferencia y un alma en pena en un mundo donde el amor está prohibido.

Él para ella (otra mirada de Ella para él)

Por fin aquella noche me había entregado totalmente a él, estaba desnuda con el cuerpo entre las rojas sabanas de su cama, respiraba lento. Lo vi observándome, pero me hice la dormida, quería verlo mirarme, quería ver lo que pasaba por sus ojos cada vez que veía mi cuerpo desnudo frente a él.

De pronto sus ojos se paralizaron en la zona de mi espalda, al no saber que sucedía me costaba mantener la calma y seguir haciéndome la dormida, sus ojos de profundo negro no quitaban la vista de su lugar, casi empezaba a asustarme.

Había decidido a moverme para que rompiera el contacto, pero antes de moverme sentí uno de sus dedos tocar suavemente mi espalda. Tan solo al primer contacto su mirada se relajó y sus dedos empezaron a dejarse llevar por el tacto de mi cuerpo.

Sentí miedo, pues pensé que encontraría desperfectos en mi cuerpo, sentí vergüenza en un momento por mi postura tan vulnerable, tan entregada. Pero luego pensé en su amor, y que yo lo amaba también, la perfección de aquel amor imposibilitaba que encontrara cualquier desperfecto en mi, porque él ya lo había dicho “eres perfecta para mi”. Yo sólo deseo ser su mujer.

Empezó por mi espalda, bajando hasta mis caderas, subiendo hasta mi nuca y deleitándose con cada roce que daba a mi piel. Su cuerpo parecía relajarse cada vez más y yo apenas aguantaba los estremecimientos del cuerpo causados por su suave tacto.

Sus ojos brillaban de felicidad y yo me hacía la dormida, junto a su cuerpo, el mío yacía inmóvil, y el me tocaba, tras haberme entregado a él, yo era suya y el me tenía.