miércoles, 3 de septiembre de 2014

El último atardecer

Era un atardecer en un lindo día de invierno, los árboles sin hojas le daban ese encanto tétrico a la ciudad y a medida que las sombras se alargaban y la luz se tornaba naranja/rojiza sentía que algo iba pesando en mi corazón.
Empezó a caer el sol sobre el mar y mi corazón empezó a doler, recuerdos de algo inolvidable como el primer amor, ese sentimiento grabado a fuego en el pecho, ese sentimiento que a menos que te extirpes cerebro y corazón, nunca podrás olvidar. Miles de imágenes vinieron a mi cabeza, desde el primer beso, ese que no fue beso beso, si no que no fue mas que un choque de labios, labios perfectamente sellados, un topón dado a la rápida en una estación de metro, al mismo tiempo que llegaba un tren que amenazaba con separar nuestras miradas, miradas llenas de sentimiento, hasta aquellas tardes, tardes de calor, besos, abrazos y roces en la piel.
Ya iba entrando el sol en el mar, y todos los recuerdos que hacían latir mi corazón fuerte, se opacaron con un montón de otros recuerdos, recuerdos no tan bellos, recuerdos de enojos, de rabias, de llantos, recuerdos de despedidas pensadas para siempre, que fueron fallidas, pero la intención del momento dolía más que daga al pecho.
No quedaba más que una puntita del sol sobre el mar, y todos los recuerdos se fueron junto a una fría brisa marina que me hizo tensar todo el cuerpo y llevar las rodillas al pecho, recordé los poemas que con tanto sentimiento siempre escribí para él y pareciera que esa pequeña puntita de sol no se quería ir y se mantenía a flote en el inmenso mar, sin que nada la hundiera. Así fui recordando cada poema, cada verso y nota que alguna vez compuse para él, sentía como pesaba mi corazón, más que todo el universo, pesaba mucho y dolía.

El mar terminó de tragarse la ultima punta y rayo de sol y sentí que con eso todo había terminado, como un ultimo adiós, a él y al sol, sentí el calor de un par de lagrimas cayendo por mis mejillas y fue en la penumbra de los árboles sin hojas, los lindos recuerdos, los malos recuerdos, los poemas y melodías, fue en la penumbra de esa llama que estaba a punto de extinguirse, en la penumbra de ese sol tragado por el mar, en la penumbra de ese sentimiento grabado a fuego en el pecho, justo ahí es donde estaban sus manos en las mías, dando un calor que avivó esa llama a punto de extinguirse, secando la lagrima de mi mejilla y dando nuevo paso al sol, para que volviera a salir mañana.

Un café para recordar

Ya tenía 30 años, carrera terminada, soltero y buen empleo, estaba tomando un café en un local cerca de mi oficina, pensando en quizá que cosas.

-Hola- Escucho una voz femenina familiar que me llevó 12 años hacia atrás en mi vida, no la había visto, pero sabía exactamente quién era, pelo negro y liso, ojos café, tez blanca, muy blanca y una sonrisa que hacía parecer todo lindo, fácil y perfecto. Alejandra. Me voltee a responder el saludo esperando que no notara mi cara de sorpresa.

-Hola- Un escalofrío me recorrió el cuerpo, estaba exactamente igual a la última vez que la vi, que supe de ella, solo un poco más madura en aspecto, quién sabe, quizá seguía siendo igual de infantil que hace 12 años, cuando ella entraba a sus 16 y yo mediaba los 18 y supuse que esa característica de ella no dejaría que mantuviésemos una relación fácil y seria.

-¿Puedo sentarme contigo?- preguntó con la misma voz que tantas veces me dijo “te amo”.

-Si, claro- le contesté con la misma voz que tantas veces le dije “yo también te amo”.

Se sentó y me miró con los mismos ojos con los que lloró cuando le dije que quería terminar lo nuestro, que sería “lo mejor”, pero esta vez sonreía.

-No pensé encontrarte aquí, ¿Trabajas cerca de acá?- Preguntó y volvió a sonreír con esa sonrisa que acompañó un año y algo de relación.

-Si, trabajo en aquel edificio- Apunté con el dedo la gran torre que se encontraba atravesando el cristal de la tienda en frente a la calle- Hace unos 2 años, ¿y tú, qué haces por acá?

-Empecé a trabajar ayer en ese mismo edificio- Rió, con la misma risa que acompañaba todas sus locuras, esas locuras que me hacían tan feliz y que perdí por una mala decisión-, pero cuéntame, ¿Qué has hecho en estos, 1... 2... 3... 12 años?

-Bueno, terminé mi carrera, trabajé un tiempo en la empresa donde hice mi practica, pero luego me ofrecieron mi actual empleo donde me va mejor y aquí estoy…

-No me refiero sólo a eso- sonrió y se me acercó- ¿Con quién perdiste tu virginidad?

Más de una vez estuve a punto de acostarme con ella, siempre me gustó mucho su cuerpo, pero solo tenía 15 cuando empezamos nuestra relación, me hizo esperar un año, porque decía no querer perder su virginidad antes de los 16, a pesar de que era muy caliente cuando estábamos solos. Una vez que cumplió los 16 lo intentamos un par de veces, pero le daba miedo.

La amaba mucho, lo de no hacerlo nunca me importó, pero de pronto sentí que a mi edad debería estar con una mujer más acorde a mi, con más experiencia y ese estúpido pensamiento cegó mi corazón y rompí con ella.

-Con una compañera de universidad, después de un carrete en el que me había estado coqueteando, me llevó a su departamento y lo hicimos.

-¿Y te gustaba?- Justo en el blanco, algo que no quería recordar, siempre le dije que quería perder la virginidad con alguien a quién quisiera de verdad y esa persona era ella, siempre lo fue y fue a ella a quién me imaginé aquella noche.

-No, era linda, pero no me gustaba. ¿y tu? Tenías el mismo pensamiento que yo respecto a la “primera vez”- sólo que ella sólo estaba con alguien si veía futuro con esa persona, si iba a estar con alguien, sería con alguien con quién estuviese dispuesto a casarse y formar una familia a futuro, nunca le gustó la idea de estar con alguien solo por calentura o por no estar sola, ella es de esas personas que piensan en el amor como algo eterno y no algo pasajero, y ve el sexo como algo que sólo puede darse cuando hay amor.

-Bueno, 3 años después de que terminaras conmigo, los cuales estuve soltera, me enamoré de un compañero de universidad, fue con él, tuvimos una relación bastante larga...

-¿Y qué pasó?- La interrumpí pensando que todo había terminado trágicamente con aquella pareja.

-Nos casamos hace 3 meses- Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la cabeza erizándome el pelo.

En nuestros tiempos tiempos felices yo le prometí un futuro juntos, sus ojos brillaron ante aquella promesa de “para siempre” que se rompió en pedazos cuando tomé aquella mala decisión, tiempo después quise buscarla arrepentido, pero mi orgullo pudo más, además, sería muy hipócrita decirle “te amo” después de romper su corazón de esa manera.

-Vaya, felicitaciones por eso- Sentí algo de celos.

-Gracias.- Tomó un poco de su café- ¿Y qué más? ¿Sigues soltero?

-Si.- Dije casi sin voz- Aun no encuentro a alguien...

-¿Más acorde a ti?- Me interrumpió- A ti y a tu edad.- no dijo nada más, vi que estaba triste ¿Habrá recordado el dolor que le causaron mis palabras?

Reí para romper la tensión del ambiente.

-No, no es eso, sólo me he concentrado mucho en mi trabajo y no me he dado el tiempo de buscar a alguien para mi, he tenido algunos amoríos locos de vez en vez, alguna mujer que conozco en algún bar, pero ya ni tanto, me quedo solo con mis amigos por lo general.

-Ah, entiendo- En ese momento me dí cuenta lo equivocado que estaba cuando la trate de inmadura, yo aquí sin percatarme de mi soledad y ella ya empezaba a formar su familia, la cual pudo haber formado conmigo, pero yo me eché hacia atrás.

-Y, al final, ¿Qué estudiaste? ¿Y dónde?- Ella iba en 3º medio cuando todo terminó, y yo ya estaba en 1er año de universidad.

-Terminé por estudiar geología en la Universidad Capital- Siendo ella, no me sorprendía que haya entrado a la mejor universidad del país, le iba muy bien en el colegio y probablemente también le haya ido bien en la prueba de selección.

-Vaya, seguiste el consejo de tu padre.

-Si, salí sin reprobar ramos, él tenía razón, esa universidad era para mi- Eso también era de esperarse, pero no dejo de sorprenderme.

Sentí que toda la plática que llevábamos me había hecho dar cuenta de lo estúpido que había sido al dejarla ir así, que por no escucharla cuando trataba de salvar lo nuestro había perdido a una mujer linda e inteligente, que perdí una oportunidad única. Recordé aquella tarde en que le plantee lo que pensaba y le dije mi decisión, ella me respondió: “Lucharé por lo nuestro aun cuando ya no quede nada, porque es lo que mi corazón me dicta” y yo le respondí fríamente: “Entiende que es lo mejor para los 2”. Tenía razón, debí haber seguido a mi corazón.

No pude evitar llorar, me sentía un completo idiota, trate de esconder mis lágrimas fingiendo que necesitaba sonarme, pero ella se dio cuenta igual.

-¿Qué te pasa, Cristóbal?- Se preocupó, de la misma forma en que se preocupaba cuando salía a carretear con amigos y terminaba emborrachándome o fumando en alguna escalera de la Ciudad Puerto.

Qué nostalgia la que me invadía, con cada palabra que decía recordaba nuestro romance hace 12 años y rogaba por volver al pasado, evitar que todo terminara y ser yo el que se quedara con ella.

-Perdón Ale, perdón por haberte hecho daño, se que ya no sirve decirlo ahora, pero me arrepiento tanto de esa estúpida decisión que tomé, sabes, tiempo después de estar sin ti me di cuenta de cuanto te quería, pero seguía con la misma idea de que debía estar con alguien más acorde a mi y no te busqué, dejé que el tiempo se llevara mi amor por ti y me otorgara el olvido, pero al parecer éste no es efectivo en reencuentros.

-Cristóbal, yo... perdón, mejor me voy, no debí haber venido- Se levantó y tomó su vaso de café, me levanté y tomé su mano para detenerla.

-No, Ale, no te vayas- Vi como una lágrima rodaba por su mejilla-, aun podemos ser amigos, no quiero perderte...

-Eso fue exactamente lo mismo que te dije yo hace 12 años- Sonrió- y ya ves, no funcionó.

-Pero eso fue porque perdimos el contacto- Mentí.

-Ambos sabemos que no fue así- Me miró con sus ojos llenos de tristeza.

Es verdad, ella trató de hablarme tras nuestro final, y yo le respondía cortante o no lo hacía, esto la hirió más aun, ya que había prometido que no olvidaríamos la existencia del otro, para ella, aunque ya no fuésemos algo, era importante seguir en contacto, porque le dolía de sobremanera perder a alguien a quien había amado tanto, esa fue la segunda promesa que rompí. La única vez que volví a hablarle fue para ofrecerle que nos acostáramos, a lo cual ella dijo que no. Sólo tiempo después me dí cuenta de que ese ofrecimiento fue un intento desesperado de mi inconsciente para recuperarla, aun la amaba.


Solté su mano mirando hacia el suelo con la esperanza de que se quedara, pero solo oí sus pasos alejarse y el sonido de la campanilla de la puerta del local después de que saliera por esta.

Hemoglobina deficiente

Lo esperaba con ansias cuando tocó la puerta, abrí, su cabello y cara mojados, los hombros de su chaqueta también, me hice a un lado para que pasara, entró y me besó suavemente.

- Hola - Dijo mientras se sacaba la chaqueta y la colgaba.

- Hola - Le contesté - ¿Cómo estuvo tu día?

- Bien, nada nuevo, creo.

Fui a nuestra habitación para llevarle ropa seca, pero cuando volví al living, él había desaparecido. En su lugar había un pequeño papel que aún no llegaba al suelo y se balanceaba de un lado al otro en el aire mientras caía, ahí comprendí porqué había sentido una pequeña brisa. "..." era toda la información que contenía el papel en una tinta azul profundo que aún no terminaba de secar y hasta se escurría un poco.

Caminé por la casa, primero a la cocina, por si tuviese hambre, pero todo estaba igual, luego a la habitación otra vez, todo igual, fui al comedor, la mesa puesta, todo igual, el baño, los armarios, la bodega, la habitación de servicio, el patio trasero, la entrada, el garaje, la calle, la casa del vecino, la lluvia cayendo y todo seguía igual.

-Pero, ¿qué ha pasado? - Pude oírme susurrar.

El silencio rompía mis oídos, pues no podía escuchar nada, la lluvia mojaba mi pelo, la calle y el mundo. ¿Qué pasaba? El mundo empezó a distorsionarse, veía el horizonte, este se doblaba hacia arriba, se comprimía y volvía a su forma una y otra vez, los oídos empezaron a zumbarme y a lo lejos podía escuchar una voz grave que me llamaba, me llamaba... me llamaba... me llamaba...

- ¡Amor! - Abrí los ojos muy grandes y él estaba sujetándome en un abrazo. - Amor, ¿estás bien?

- Sí, sí, creo - Le entregué la ropa, y él empezó a cambiarse, en la habitación todo seguía tal cual. - Iré a servir la comida.


- Okey - Me sonrió con el abdomen desnudo.