En la noche obscura el grito retumbó rasgando el silencio
que había entre las murallas. La sangre ensució la alfombra y las paredes, el
rojo contrastaba con el blanco de la casa y a la luz de la luna parecía una
película de terror.
Luego se escucharon dos respiraciones, una cargada de dolor,
agitada y húmeda, y la otra seca, tranquila. El asesino retiró el cuchillo de
forma violenta lo cual produjo un sangrado más explosivo, el gemir de la
víctima se fue apagando igual que su corazón y pronto, el silencio se hizo de
nuevo.
Silencioso, igual que como había aparecido, el asesino
desapareció, dejando tras él el cuerpo sin vida de una nueva víctima.