lunes, 12 de agosto de 2013

Recreo

 Estaba acostada en el muro de mi colegio, trataba de dormir, era el recreo después de almuerzo, yo estaba allí y el resto también. Los escuchaba hablar, los escuchaba conversar, todos conversaban, todos gritaban, cantaban, hacían apuestas y reían. Yo estaba allí, trataba de dormir y no podía.
 Miré el cielo, era celeste, profundo celeste, un par de nubes vagaban por él. El sol caía sobre mi, caía sobre todos, hacía calor, me relajaba, hacía calor. El travesaño del arco de fútbol partía a la mitad el edificio del campanario de la capilla y su cruz tocaba el cielo, el celeste cielo.
 Escuchaba las diferentes conversaciones, no entendía nada, porque no les ponía atención, sólo era ruido y algunas palabras locas por ahí. Cerré los ojos y los escuchaba, abrí los ojos y estaba sola, totalmente sola, todos habían desaparecido, no había, ni si quiera una persona, ni un alma, ni un suspiro más que el del viento, ni un par de ojos perdidos, nadie...
 Me levanté del muro y bajé de él, comencé a caminar y a observar. Vi algunas cosas que nunca había visto, porque siempre había gente allí y caminé por lugares que nunca había pisado, escuché sonidos que nunca había oído y sentí que el viento me llegaba más fuerte, porque no habían personas que lo cohibieran antes de que llegara a mi.
 Llegué a una de las grandes avenidas y caminé lentamente por el medio de ésta, después de un rato me senté. En aquel mismo lugar, hace una o dos horas, pasaban autos a toda velocidad, corriendo a sus vidas, corriendo por sus vidas y, hasta, corriendo de sus vidas.

¡Corre!

  Correr, correr era lo único que hacía, corría, sin descanso, sólo corría, creo que era por mi vida, corría y corría. Mi corazón estaba a punto de estallar, pero debía correr, mi visión se iba a negro, mi cabeza, me dolía la cabeza y yo corría, algo me iba a alcanzar, yo corría, nadie iba junto a mi, nadie iba por delante de mi, pero estaba segura de que algo, no sé qué, iba detrás de mi, lo podía sentir, por eso corría y corría y corría.
  ¿Fue un sueño? No lo creo, porque aun no dejo de correr y nunca lo haré.

miércoles, 3 de julio de 2013

Una típica y común historia de fantasmas

 Tuuuuut… Tuuuuut…
Mi amiga contesto contestó el teléfono. Después de preguntarme como estaba me dijo:
-         Pero, dime, ¿por qué no viniste esa noche? – me preguntó. Ella hace dos meses había organizado una fiesta  y yo había dicho que no iba a faltar, por ningún motivo. - Nunca me lo dijiste…Bueno, no sabía de ti desde que me llamaste alarmada ese día para decirme que no irías…Pero, ¿qué paso al final?
-         Es difícil de explicar. Fue algo muy extraño, pero estoy bien.
-         Pero, ¿qué pasó?
-         Te cuento. Estaba yo en mi casa, arreglándome para ir a la fiesta. Me bañé, me sequé el cabello y cuando me estaba vistiendo, paso algo extraño. Yo estaba sola en casa, oí un ruido fuerte y seco en la cocina. Bajé para mirar qué sucedía. La luz del pasillo estaba encendida, como si la hubiese encendido alguien para que yo pasara, y a medida de que iba caminando las luces se encendían para alumbrarme el camino. Eso me empezó  a asustar y mi corazón latió más y más rápido. Me daba miedo seguir avanzando, pero debía descubrir qué pasaba. Cuando llegué a la cocina, me pareció ver por el rabillo del ojo una silueta blanca caminando hacia mí. Rápidamente me di la vuelta, pero no había nada. Luego, todas las luces se apagaron. Ahí yo casi me infarté. Me costaba respirar. Salí corriendo hacía la puerta de calle, pero estaba atorada. No la podía abrir. Me puse a llorar y me desesperaba cada vez  más y más.
-         Y ¿qué era? – dijo mi amiga entre asustada y emocionada.
-         ¿Qué era? Mi peor pesadilla. Siempre, cuando tenía pesadillas, se trataban de algo parecido. Espíritus, algo más allá de lo real, algo desconocido para mí y que viene a asustarme.
-         Bueno. ¿Y qué paso? –  preguntó ansiosa
-         Me dejé caer al suelo, busqué mi celular en el bolsillo para hacerme un ovillo al lado de la puerta.  Pero cuando lo encontré, una mano pálida como de harina lo tomó y me dijo: “no llames a nadie, no quiero dejar de jugar aún”. Yo me puse a llorar y a gritar, pero nadie me escuchó. De haberse escuchado los vecinos habrían venido a ver qué pasaba. Luego, todas las cosas empezaron a moverse. Los cuadros que estaban colgados se agitaban y golpeaban contra las paredes, las copas de cristal se golpeaban una y otra vez en el estante, las paredes crujían y  los muebles se movían. La voz que me había hablado antes dijo: “quiero jugar. Si no juegas conmigo haré esto cada vez que estés sola y terminarás suicidándote.  Juguemos, estoy muy aburrida ¡QUIERO JUGAAAAR!”. Y yo le contesté: “¿Y a qué quieres jugar? Dime qué quieres jugar y yo jugaré contigo pero, por favor, detente. Deja de hacer ruido, ¿sí?”
Luego ella me dijo: “Está bien. Detendré esto, pero solo si me juras que cada vez que yo esté aburrida jugarás conmigo”. “¡Está bien, está bien. Lo que tú quieras, pero por favor no sigas!”. Entonces paró todo el ruido, se encendieron las luces y pude ver mi casa. Levanté la cabeza pensando en que iba a encontrar un gran desastre, pero cuando abrí los ojos todo estaba en perfecto orden. Los muebles en su lugar, los cuadros derechos y en la cocina no se veía loza rota. Miré hacia el salón y ahí estaba. Una pequeña aura blanca, debía medir unos 120 centímetros. No se veía que sus pies llegaran al suelo. Era muy delgada, blanca como sal y tan delicada cual  figurita de cristal.
“¿Quién eres?” - le pregunté.  “Me llamo Tamara”- me contestó. “Y… ¿qué… haces aquí?” – volví a indagar con voz entrecortada. “Aquí estaba en mi último segundo de vida. Morí en la habitación que ahora ocupas tú. He estado mucho tiempo llamándote en sueños, pero nunca has contestado. No hallo qué más hacer, por eso decidí llamarte con más ganas. Me aburro mucho. Este lugar es aburrido”.
Tenía el corazón en la recta final hacia el infarto. “¿Qué… qué quieres hacer?”- respondí. “Dime tu nombre” “Eeh… So…Soy Alejandra”.
Luego dijo: “Vamos, relájate un poco. ¿Qué tal si empezamos a jugar?”. “Como tu quieras” - le dije. “Está bien. – agregó. “Juguemos al cambio de cuerpos: tu alma sale y la mía entra”. Aterrada respondí “¿Cómo? No quiero salir de mi cuerpo, me da miedo”. “Cállate y relájate. Verás que es muy divertido. Te dejaré volver a entrar en él en dos meses.”.
No alcancé a decir nada cuando ella me tomó y se introdujo en mi cuerpo. Luego de eso todo se puso oscuro, pensando que aún tenía control de él, corrí hacia mi cuarto. Cuando traté de cerrar la puerta, mi mano atravesó la manilla.
-         Espera, espera – dijo mi amiga, confundida. -¿En realidad fuiste un alma durante dos meses hasta que esa niña te devolvió tu cuerpo? No te creo.
-         Rayos… Me descubriste – solté una carcajada
-         Cuéntame, qué paso en realidad.
-         Me resfrié el día de la fiesta y no pude ir. Además, mi papá quedo cesante y con los ahorros quiso tomar vacaciones antes de seguir buscando trabajo. Nos fuimos al norte a la casa de unos tíos y como ya faltaba poco para las vacaciones, decidimos quedarnos más de lo que al comienzo planificamos.
-         Eso me parece más razonable – rió fuertemente
-         Sí... Bueno, tengo que colgar.
-         ¿Por qué? La noche es joven, ¿Por qué no salimos a alguna parte?
-         Lo siento. Tú ya sabes, Tamara se hizo amigos y me pidió el cuerpo prestado para ir a una fiesta.
-         ¿Qué?
Tut, tut, tut, tut.
Una risita se escucho en la noche…


Ricardo Carvallo: Breve relato de su lucha.

Y sentada en la plaza, donde hace 150 años la importante guerra de independencia daba final en la última batalla, recuerda, Cristina, la historia de un simple soldado que con su valentía llevo a su patria a la independencia, pero más importante, a la libertad, la historia cuenta que sucedió así:
Un día soleado de primavera (22 de Septiembre), la señora Eloísa después de tomar su café de la mañana, entra en labores de parto y a las 10:29 de la mañana nace un varón, hijo de Demetrio Carvallo y Eloísa Tamarelio, su nombre era Ricardo Franco Carvallo Tamarelio, creció en una familia humilde y esforzada, fue a la escuela publica de Finchdelad, una pequeña ciudad del país de Drucilvania, y cuando cumplió los 18 años entro al ejército de su país.
Un día, sin más, el país vecino, Destorvia, invade la pequeña nación. Drucilvania siempre había sido dependiente de este, pero nunca habían invadido el país de esa forma, tratando de convertir la pequeña nación en otra región más del gran Destorvia. Ahí es donde empieza la guerra.
Reunido todo el ejército en el salón principal de conferencias y trazados de misión se explica la situación a los soldados, el enemigo era fuerte y muy disciplinado.
Ricardo veía todo muy difícil, conocía las tácticas de guerra como la palma de su mano y se sentía lo suficientemente valiente como para dar su vida para liberar la tierra que lo vio crecer, pero, puede que con eso no bastara, puede que no fuera suficiente ser valiente, el enemigo es fuerte, y no siente miedo por luchar. Cohibido estaba por este sentimiento, pero se lo guardó, no quería impartir temor a sus compañeros que se veían tan tranquilos.
Con el mismo sentimiento vio acercarse el día del combate, el día en que iban a atacar al enemigo en su propio campamento, cada día su corazón latía más fuerte, pero no por miedo, por ansiedad, por ganas a saber que era lo que iba a pasar.
Y el día llego, en la noche, el ejercito libertador fue de carpa en carpa degollando a los enemigos, pero un grito desgarrado por dolor despertó al resto convirtiendo la matanza nocturna en un combate a sangre fría. Fueron acecinados la mitad del ejercito enemigo, mas el ejército de Ricardo sufrió, también, una grave perdida.
Así se llevaron las batallas, muertes y más muertes, pero Ricardo mantenía su valentía, él sabia que todo iba a estar bien, que el país iba a ganar su guerra. Ricardo sentía un amor muy grande a su patria y no quería verla convertida en una pequeña región de otro.
El día de la gran batalla final, sus compañeros se veían muy atemorizados, ya que el frente se les había hecho muy fuerte, los superaban por alrededor de 100 soldados.
Hasta que al fin llego el día. Cada soldado con su fusil en la mano y su uniforme cantaba el himno nacional y se despedía de sus respectivas familias que pensaban en como seguir sus vidas con un integrante menos, las esposas y los niños sollozaban al pensar que podría ser la última vez que vieran a sus parientes, mas la familia de Ricardo no se encontraba, sus padres habían muerto por represión de los soldados extranjeros y no tenia hermanos, así que su despedida no fue hacia familiares ni amigos, sino que a la gran bandera nacional que colgaba de la muralla del castillo presidencial, con una señal de respeto, saludo a las familias de sus compañeros y se fue a formar a su fila, deseoso de que todo llegara a su fin y su patria fuera independiente.
El camino hacia el lugar de la batalla fue largo, solo pensaba en que podría pasar si perdían la batalla y lo ultimo que quedaba de su ejército era destruido, no podía pensar que todo el esfuerzo y las muertes fueran en vano.
Llegados al lugar armaron trincheras y se escondieron allí, esperando la llegada del enemigo, pero cuando este llegó, todos los soldados perdieron la esperanza de ganar. El frente enemigo se veía como del doble del nacionalista, nadie sabía que hacer, todos empezaron a temblar y a desear nunca haber nacido, pero Ricardo permanecía con su valor de siempre. Y no aguanto la situación.
Con un general asustado y sus compañeros como piedras por el miedo hacia el ejército contrario, escondidos en las trincheras, ya con ganas de huir del lugar para salvar sus vidas, se levanta con su fusil en la mano, el pecho hinchado de aire y erguido, de tal forma que su voz se escuchara fuerte y clara y les dice a sus compañeros:
Señor general, compañeros, veo aquí un tropa de cobardes, ¿Acaso todos piensan en huir y salvar sus vidas? ¿Acaso no recuerdan por qué estamos aquí? No estamos para ser recordados como el grupo de gallinas, culpables de que el enemigo avance sobre nuestra nación, estamos aquí para luchar con honor y lograr la libertad de lo que es nuestro. Por esto, puede que sean estos nuestros últimos minutos de vida, pero moriremos por nuestro país, por nuestra gente, por lo que amamos. Tal vez perdamos muchas vidas jóvenes, pero eso dará paso a una era de libertad, donde los hijos de estas tierras crezcan felices, libres y no como esclavos. ¡Compañeros! Estamos luchando por nuestra patria, por nuestro honor, por el honor de nuestra gente, en un futuro próximo ellos podrán decir:
- Si, mi país gano su independencia, y ahora vive libre de represión y abusos.
Seremos felices. Y si perdemos la batalla, no moriremos como cobardes, moriremos con honor, y se nos recibirá en el cielo como valientes guerreros que dieron la vida por su patria.
¡Compañeros! Hay que luchar por nuestra libertad, ¡Por nuestra patria!”
- ¡Viva! – Gritaron todos los soldados al unísono.
Salieron todos corriendo de las trincheras, el general sobre su caballo y los soldados tras él, cargando toda la furia del pueblo en contra del enemigo, ganado la ultima batalla.
Pero Ricardo Carvallo no disfruto la gloria, fue acecinado por el ultimo de los soldados enemigos, que lleno de rabia enterró su espada en el pecho de Ricardo. El mismo Ricardo que es recordado por su acto de dar valor a todos sus compañeros y por luchar sin temor a la muerte, porque el amor hacia su patria era más grande que el amor hacia el mismo, por lo que él murió feliz, feliz de haber dado la libertad a su tierra.
En honor a los héroes fue construida esta plaza, en honor al recordado ejército, y en el centro de esta se encuentra una estatua en honor al libertador, al grande, al valiente, Ricardo Carvallo.

Recuerda Cristina la historia de los héroes patrios de su nación, esta nación inexistente para ustedes, pero que contiene una cultura enorme, y su historia es la más gloriosa y honorable contada por el hombre.

Reencuentro en el cielo

Se escuchó un fuerte ruido en la alameda, el auto quedó destrozado.

Lo miré a los ojos, pero su figura se fragmentó por un par de lágrimas que se asomaron.
- Te amo - dije con desesperación.
- No te preocupes, al final, por mucho que nos separen nuestros caminos, siempre podremos encontrarnos en el cielo.
Sus ojos se cerraron y me besó.

La gatita en la noche

Llovía fuerte en la noche, me encontraba muy lejos de mi casa, al otro lado de la ciudad, no traía dinero para tomar un taxi y mi celular había perdido la batería. El viento era demasiado y me costaba avanzar, no podía seguir así.
Más adelante vi la entrada de un callejón, entré allí, el agua llegaba igual, pero por lo menos no el viento, me estaba congelando, el frío era demasiado. Escuche un ruido que me asustó, corrí hacia adentro en el callejón y encontré una puerta, no tenía más opción y decidí entrar.
Estaba cálido y oscuro... "Permiso, perdón por entrar así, la puerta estaba abierta y la lluvia esta muy fuerte afuera, por favor, déjeme quedar aquí mientras pasa la lluvia"... no hubo respuesta. Me saqué la chaqueta, "Permiso...", nadie hablaba.
Caminé un poco hacia adentro, el lugar era pequeño, unos 20 metros cuadrados app, no tenía muchos muebles, avanzaba lento. De repente pase a patear algo, me fijé bien, era un ovillo de lana, levante la cabeza. "Hola..." dijo una figura, solo veía una silueta negra gracias a la obscuridad, sentí algo como una cola peluda que me acarició una mejilla, asustado salté hacia atrás, "No te asustes, ¿quién eres?", "Discúlpeme, señora, señorita"... "Gatita", me interrumpió, "Ah, Gatita, perdón, mi nombre es Andrés, no quise molestarla, entré porque la lluvia esta muy fuerte afuera, estaba muriendo de frío", "Ah, no hay problema, no eres el primero que pasa por esto, no te preocupes, puedes quedarte", "Muchas gra...", "Pero con una condición", "Lo que sea"... Escuché una risa y ya no la veía.
Estaba asustado, me acerqué a la puerta y cuando estaba a punto de salir pensé, "Si salgo, muero de hipotermia seguramente, podría intentar". Decidí quedarme, me senté al lado de la puerta.
De pronto se hizo luz, era una vela detrás de algún mueble, podía ver su luz, pero no la vela. Vi la sombra de la persona con la que había conversado anteriormente, se movía lento y tenía algo extraño, una prolongación de la espalda en la parte más baja de ella, ¡UNA COLA!. ¿Qué era eso?, trague saliva, pero sentí un sudor frío caer por mis sienes.
Apareció tras un sofá una criatura mitad humana mitad gato, tenía un cuerpo mayoritariamente humano, pero tenía tres bigotes por lado que crecían de su cara, unos ojos penetrantes y de pupilas estiradas y una cola, UNA COLA, que se retorcía de un lado a otro.

"¿¡¿¡Qué eres tú!?!?" no pude evitar gritar. Se abalanzó sobre mi y puso su mano en mi boca, "Shhhht... pequeño, lo has arruinado, lastima, tenía esperanzas en ti. Veo que ni un hombre puede dejar de lado mis diferencias y evitar el grito, que pena, dicen que la tercera es la vencida, pero ya voy en los 10. Ven conmigo, te gustará el sótano de torturas"... Después de eso no volví a ver la luz del día... y cada 10 años llegaba un integrante nuevo, todos durante lluvias incesantes y tras haber gritado de espanto ante esta aberración de la naturaleza, todos a la misma edad, todos a la misma fecha, todos al 28 de Agosto, todos torturados, pero ya no éramos humanos, no, ahora éramos gatos...

Ella para él

Por fin aquella noche la había hecho mía, su cuerpo pálido como el papel yacía sobre las sabanas rojas, su vientre hacia abajo, oía su lenta respiración y el pálpito de su corazón rompía el tranquilo silencio. Su cara se escondía entre sus brazos, su pelo castaño despeinado completamente, sus ojos verdes cerrados, estaba durmiendo, junto a mí, ella estaba durmiendo.

La curva de su espalda llamaba el tacto de mis dedos, pero tenía miedo, tenía miedo, TENÍA MIEDO. Su pequeño cuerpo se veía frágil, como una figurita de porcelana que podría resbalarse de mis dedos, y yo no quería eso, pero deseaba demasiado hacerlo, solo quería tocarla, SOLO QUERÍA TOCARLA.

No lo resistí, y con el mayor de los cuidados posé la yema de mis dedos sobre su espala, ¡pero que piel más suave!, entre el deleite de la blanca suavidad de su piel acaricié desde lo más alto a lo más bajo de su tronco, ella dormía, y yo solo quería tocarla.

Un sentimiento imposible de explicar, mi corazón se inundaba de felicidad ante aquel contacto, toqué su espalda, toqué sus brazos, toqué su pelo, toqué su cintura, toqué sus caderas.


Ella dormía, tras haber sido mía, yo la deseaba, yo solo quería tocarla.