Estaba acostada en el muro de mi colegio, trataba de dormir, era el recreo después de almuerzo, yo estaba allí y el resto también. Los escuchaba hablar, los escuchaba conversar, todos conversaban, todos gritaban, cantaban, hacían apuestas y reían. Yo estaba allí, trataba de dormir y no podía.
Miré el cielo, era celeste, profundo celeste, un par de nubes vagaban por él. El sol caía sobre mi, caía sobre todos, hacía calor, me relajaba, hacía calor. El travesaño del arco de fútbol partía a la mitad el edificio del campanario de la capilla y su cruz tocaba el cielo, el celeste cielo.
Escuchaba las diferentes conversaciones, no entendía nada, porque no les ponía atención, sólo era ruido y algunas palabras locas por ahí. Cerré los ojos y los escuchaba, abrí los ojos y estaba sola, totalmente sola, todos habían desaparecido, no había, ni si quiera una persona, ni un alma, ni un suspiro más que el del viento, ni un par de ojos perdidos, nadie...
Me levanté del muro y bajé de él, comencé a caminar y a observar. Vi algunas cosas que nunca había visto, porque siempre había gente allí y caminé por lugares que nunca había pisado, escuché sonidos que nunca había oído y sentí que el viento me llegaba más fuerte, porque no habían personas que lo cohibieran antes de que llegara a mi.
Llegué a una de las grandes avenidas y caminé lentamente por el medio de ésta, después de un rato me senté. En aquel mismo lugar, hace una o dos horas, pasaban autos a toda velocidad, corriendo a sus vidas, corriendo por sus vidas y, hasta, corriendo de sus vidas.
La calma. Nada más y nada menos que la calma guardada en la soledad
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