Era un atardecer en
un lindo día de invierno, los árboles sin hojas le daban ese encanto tétrico a
la ciudad y a medida que las sombras se alargaban y la luz se tornaba
naranja/rojiza sentía que algo iba pesando en mi corazón.
Empezó a caer el sol
sobre el mar y mi corazón empezó a doler, recuerdos de algo inolvidable como el
primer amor, ese sentimiento grabado a fuego en el pecho, ese sentimiento que a
menos que te extirpes cerebro y corazón, nunca podrás olvidar. Miles de imágenes
vinieron a mi cabeza, desde el primer beso, ese
que no fue beso beso, si no que no fue mas que un choque de labios, labios
perfectamente sellados, un topón dado a la rápida en una estación de metro, al
mismo tiempo que llegaba un tren que amenazaba con separar nuestras miradas,
miradas llenas de sentimiento, hasta aquellas tardes, tardes de calor,
besos, abrazos y roces en la piel.
Ya iba entrando el
sol en el mar, y todos los recuerdos que hacían latir mi corazón fuerte, se
opacaron con un montón de otros recuerdos, recuerdos no tan bellos, recuerdos
de enojos, de rabias, de llantos, recuerdos de despedidas pensadas para
siempre, que fueron fallidas, pero la intención del momento dolía más que
daga al pecho.
No quedaba más que
una puntita del sol sobre el mar, y todos los recuerdos se fueron junto a una
fría brisa marina que me hizo tensar todo el cuerpo y llevar las rodillas al
pecho, recordé los poemas que con tanto sentimiento siempre escribí para él y
pareciera que esa pequeña puntita de sol no se quería ir y se mantenía a flote
en el inmenso mar, sin que nada la hundiera. Así fui recordando cada poema,
cada verso y nota que alguna vez compuse para él, sentía como pesaba mi
corazón, más que todo el universo, pesaba mucho y dolía.
El mar terminó de
tragarse la ultima punta y rayo de sol y sentí que con eso todo había
terminado, como un ultimo adiós, a él y al sol, sentí el calor de un par de
lagrimas cayendo por mis mejillas y fue en la penumbra de los árboles sin
hojas, los lindos recuerdos, los malos recuerdos, los poemas y melodías, fue en
la penumbra de esa llama que estaba a punto de extinguirse, en la penumbra de
ese sol tragado por el mar, en la penumbra de ese sentimiento grabado a fuego
en el pecho, justo ahí es donde estaban sus manos en las mías, dando un calor
que avivó esa llama a punto de extinguirse, secando la lagrima de mi mejilla y
dando nuevo paso al sol, para que volviera a salir mañana.
terminare con depresión luego de leer tu blog.
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