lunes, 7 de septiembre de 2015

Arena

Ella pensó en la profundidad de sus labios y el sabor de sus pupilas, abrazó su aliento en su imaginación y se dejó llevar por el sonido de su voz. Sin tomar en cuenta el resto del mundo pudo sentir que la música la rodeaba y que cada célula de su cuerpo vibraba mientras se movía al compás de un vals desconocido, sintió sus pies moverse y una mano en su espalda que la llevaba por el mundo entero sin perder el ritmo ni la pasión.
Él era un sueño, en sus manos, en su mente. El universo giraba a su alrededor, ella en un vestido largo, su pelo tomado en un elegante peinado y su cuello descubierto, él vestía un impecable smoking negro, su corbatín hacía juego con el rojo vestido de ella, y también con sus ojos que habían cambiado del azul profundo al rojo, un profundo rojo, como la sangre. Pero ella no se inmutó, siguió mirándolo como lo miraba, entregada totalmente a su brillo.
Lentamente el besó su boca, besó una comisura, besó su mandíbula, besó la curva de su cuello y se quedó ahí, la besó de nuevo y luego pasó su lengua por donde mismo la había besado. Con sus ojos cerrados ella inhaló y aguantó la respiración, él, también con los ojos cerrados, abrió su boca y mordió su cuello, bebió su sangre. Ella se desmayó en sus brazos, él no paró y bebió hasta que ella se volvió arena, arena que cayó entre sus dedos y el vestido. Una lágrima rodó por la mejilla de él.

Ella despertó de su sueño, el mundo seguía en el mismo lugar, no había sangre, no había arena, no estaba él, solo ella y el resto del mundo.

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