Entre innumerables que son los recuerdos del ser humano, no hay alguno más desolador que la historia a continuación, pues once otoños son poco para malograr de tal forma la inocencia de infantes como los de nuestra especie, especie que, por cierto, es la única que tiene en su conocimiento el hecho futuro de su muerte, pero somos los que más nos cuesta aceptarla.
A sus once años, su pequeña mente aún no era capaz de distinguir entre lo bueno y lo malo. Por esto se dedicaba a robar bolsillos en la plaza para comprar dulces que eran la base de su dieta, la desnutrición la tenía en los huesos y las cicatrices, causadas por victimas que descubrían sus malas intenciones, más que pequeñas supuraciones, parecían grandes surcos morados donde se le notaba el frío en las crudas mañanas de la capital.
La desolación de sus días y el insomnio de sus noches terminaron por robarle la razón y lanzarla a un mundo cruel como el mismo que la dejo sola, huérfana en la calle. Su casa, si se le puede decir así al nicho de ratas en el cual se escondía en la noche, no contaba con ningún tipo de comodidad más que el que pueden ofrecer las envolturas de su basura apiladas en un rincón, con una apariencia de cama, de hogar, o de familia acogedora para soportar la tortura de la clásica queja de personas del tercer mundo, que creemos que lo tenemos todo, pero somos más pobres que cualquier otra especie en el universo.
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