Por fin
aquella noche me había entregado totalmente a él, estaba desnuda con el cuerpo
entre las rojas sabanas de su cama, respiraba lento. Lo vi observándome, pero
me hice la dormida, quería verlo mirarme, quería ver lo que pasaba por sus ojos
cada vez que veía mi cuerpo desnudo frente a él.
De pronto
sus ojos se paralizaron en la zona de mi espalda, al no saber que sucedía me
costaba mantener la calma y seguir haciéndome la dormida, sus ojos de profundo
negro no quitaban la vista de su lugar, casi empezaba a asustarme.
Había
decidido a moverme para que rompiera el contacto, pero antes de moverme sentí
uno de sus dedos tocar suavemente mi espalda. Tan solo al primer contacto su
mirada se relajó y sus dedos empezaron a dejarse llevar por el tacto de mi
cuerpo.
Sentí miedo,
pues pensé que encontraría desperfectos en mi cuerpo, sentí vergüenza en un
momento por mi postura tan vulnerable, tan entregada. Pero luego pensé en su
amor, y que yo lo amaba también, la perfección de aquel amor imposibilitaba que
encontrara cualquier desperfecto en mi, porque él ya lo había dicho “eres
perfecta para mi”. Yo sólo deseo ser su mujer.
Empezó
por mi espalda, bajando hasta mis caderas, subiendo hasta mi nuca y
deleitándose con cada roce que daba a mi piel. Su cuerpo parecía relajarse cada
vez más y yo apenas aguantaba los estremecimientos del cuerpo causados por su
suave tacto.
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