Si bien el tiempo era duro, él y yo seguíamos ahí, cada beso
y cada abrazo era más intenso que el anterior, como si algo nos quemara por
dentro y cada beso fuera agua para apagar el incendio. Esa necesidad de estar
lo más pegados posible, como si no quisiéramos ser dos personas diferentes,
como si quisiéramos ser tan solo uno, tratando de vencer la barrera de carne
que separaba nuestras almas.
El agua de la lluvia nos tenía empapados y corría por
nuestros cuerpos para terminar posándose a nuestros pies, la arena se iba
horadando por la erosión, el rugido del mar trataba de asustarnos con su
amenaza de tormenta, pero no nos inmutamos. La desesperanza por tomar al otro
inhibía nuestro miedo, no había nada más allí para nosotros, la playa, el mar,
la noche, mi vestido mojado, su traje y camisa arrugados por el agua, mis pies
desnudos tras dejar los zapatos en algún otro lugar, nada parecía importar,
nada importaba en verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario