Tú estabas durmiendo cuando todo
empezó, tal vez soñando en la belleza de un mundo que no existe, pero amor,
juro que te amé todo ese tiempo. Mientras tu dormías y yo te veía dormir, el
mundo no tenía sentido para mí, porque nada existía, excepto tú. Besé tus
mejillas y tu frente, acaricié tu cabello y te observé sumido en tu mundo
onírico, tan bello como siempre, perfecto en infinitos sentidos y la paz sobre
tu rostro me hacía mejor persona.
Cuando los temblores empezaron a
recorrer mi cuerpo, vi tu ceño fruncirse y mis pensamientos se turbaron, caí en
picada a un foso de locura impensada. Oí un quejido en tu voz, tal vez porque
mis convulsiones perturbaban tus sueños. Traté de no despertarte, pero tu sueño
murió y empezaste a abrir los ojos. Miraste apaciblemente mi rostro muerto en
pensamientos y quise decir te amo, pero mi cuerpo no respondía entre el mar de
convulsiones.
Frunciste el ceño a mi mirada
perdida y empezaste a llorar, a gritar cuanto me amabas y ahogar gemidos contra
la almohada. ¿Cuánto habíamos perdido ya? Todo expuesto a la morbosidad, el
triste pensamiento de no estar y tú ahí llorando. No te podía consolar, tu
mirada perdida en el techo, en el cielo donde creías que estaba, pero no.
Invisible a tus hermosos ojos, pero visible a tu corazón, que lloraba al verme
sin que tu mente entendiera el porqué. Juro amarte por siempre, poniendo mi
alma en ello. Lo único que tengo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario